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El valor de un mito

 

El valor es algo relativo. Para empezar, ni siquiera nos ponemos de acuerdo entre nosotros acerca de cómo hemos de valorar algo, en este caso un coche. En realidad tampoco hace falta, pues el valor está dentro de cada uno.

Un profesor de arte que tuve siempre decía: “Cuando alguien os pregunte ‘¿Qué es el arte?’, responded que es ‘morirte de frío’”.  Y seguía su genial razonamiento con esa lógica que, por evidente, pasa desapercibida. Afirmaba que si a lo largo de la historia se ha considerado arte tanto las pinturas rupestres de Atapuerca, como Las Meninas de Velázquez o el cubismo de Picasso, es que entonces no hay una definición universal de ‘arte’, sino que ésta se encuentra en las sensaciones que nos despierta una obra a cada uno de nosotros individualmente.

¿Cuántas veces hemos escuchado a alguien hablar con santa devoción de un cacharro viejo sin nigún valor real? Muchas, seguro. Que si el 124 de mi abuelo, que si este 2 CV no sabes tú dónde ha estado, que si con un 600 me fui a Finlandia… y volví, etc.

Si hay personas que sienten esa querencia por hierros inservibles, ¿qué no sentirá el propietario de un coche con 40 años de historia plagada de éxitos? Y que, además, pertenece a una marca que lo ha ganado todo -ni Ferrari puede afirmar eso- en el mundo de la competicion. Ése es el valor añadido de Porsche.

El escudo que luce un 911 en su capó es historia viva del automovilismo mundial. Ahora que se acerca Le Mans, es un buen momento para recordar que Porsche posee el récord absoluto de victorias totales y consecutivas. El mismo escudo que llevo en el capó de mi 911 es el que han lucido mitos como Jacky Ickx, Derek Bell, Walter Röhrl o René Metge y que, en su día, han centrado la atención de millones de personas por todo el mundo. Ése es el valor añadido de Porsche.

Y no sólo Le Mans. Porsche ha ganado en las dunas del París-Dakar, en el Col du Turini de Montecarlo, en el asfalto del óvalo de Daytona, en el Safari de Kenya, en la Targa Florio, en el Rally de los Faraones, en campeonatos de turismos, de resistencia… hasta en la Fórmula 1 con McLaren. 

Además de semejante palmarés, la historia de Porsche es una historia personal. El nombre de la marca es el apellido de un ingeniero alemán que, según sus propias palabras: “como no encontraba el auto deportivo que me gustaba, lo construí yo mismo”. Es la impronta de un soñador que creó un vehículo para hacer disfrutar al conductor, empezando por él mismo.

No hizo ningún estudio de mercado, no pensó en si los costes eran o no los adecuados, no negoció volúmenes de compra, rappels ni nada parecido. Simplemente vivió durante unos meses en una granja y con empeño y conocimiento vió la luz un automóvil que, en esencia, aún hoy pervive.

El escudo del caballo y las astas representa tantas cosas que es imposible condensarlas en unas líneas. Para mí representa una manera de entender el automóvil, una manera de vivirlo, una manera de conducirlo. Poseo un vehículo que despierta en mí sensaciones como ningún otro. En definitiva, una obra de arte. 

Porsche way

 

A lo largo de la historia del automóvil, los fabricantes han escuchado a la gente para saber qué fabricar y cómo venderlo. ¿Todos? No, por fortuna. Hubo algunos que decidieron ellos mismo qué iban a fabricar y cómo lo iban a vender. De todos ellos, el único que ha llegado hasta nuestros días es Porsche.

Y hablar de Porsche es, sobretodo, hacerlo de un mito circulante: 911. Obviamente todos sabemos que hubo y hay otros modelos de la marca, pero no nos engañemos, cuando uno oye “Porsche” su foto mental es siempre la misma. Y no es casualidad ni coincidencia. 40 años es mucho tiempo.

El nueveonce es el paradigma del camino Porsche. En uno de los vídeos colgados en la comunidad “nueveonce”, el del 996 turbo, hay una frase que lo resume muy bien: “…building something that no one has said they need…” Nadie necesita un coche así, porque la razón no va de la mano de la pasión. El nueveonce fue concebido desde el corazón por un soñador, alguien que imaginó una manera diferente de sentir al volante. Y a fe que lo consiguió.

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